Las formas suaves y los colores difusos de esta pintura nos ofrecen una sensación cálida y apacible. A primer golpe de vista, sin que medie la razón buscando significados, la obra podría obsequiarnos con un momento de calma al atardecer. Pasado ese instante inicial, el cuadro de “El Angelus” de Jean François Millet, se revela como un desafío. ¿Un ángelus al atardecer?
Desde su creación, este cuadro ha estado inmerso en la polémica, visto y leído de múltiples maneras. Cuando lo expuso el pintor, se entendió como una obra de denuncia contra la burguesía prominente, enfrentando al humilde y honesto labrador a una clase engañosa y ruin. Los republicanos franceses lo consideraron una muestra de la virtud de las gentes sencillas, la burguesía un ataque a su forma de vida opulenta y desmedida. Formando parte de la corriente del Realismo, el cuadro se pintó en 1859, contraponiendo su estructura a la del Romanticismo. La naturaleza no es únicamente un lugar hermoso y mágico, sino también el mundo en el que los campesinos ponen todos sus esfuerzos para obtener el escaso recurso de su subsistencia. La pobreza de muchos seres humanos también está vinculada a esa naturaleza variable, exigente y hostil.
Ahí podría haber quedado la polémica de la obra, en un conflicto de tendencias pictóricas y sociales del convulso siglo XIX. De suceder de este modo, nos habríamos quedado sin respuesta a la pregunta que rompía con el orden racional de la obra. No obstante, para buscar esa respuesta, un egocéntrico pintor ampurdanés entra en esta historia, impulsado por sus propios demonios internos. Salvador Dalí había convivido con una copia de este cuadro durante su infancia, en la casa de sus padres. Mucho después, al escuchar en los círculos de pintores que frecuentaba Dalí, que debajo de la pintura actual se encontraba la imagen de un recién nacido muerto, sin bautizar, por el alma del cual sus padres rogaban a Dios, en estado recogimiento, antes de enterrarlo, descubre en esta obra la respuesta a sus propias inquietudes íntimas. Un estudio con rayos X de la pintura de Millet, realizado por el museo del Louvre, confirma lo que se comentaba en los foros pictóricos. Efectivamente, en ese lugar del cuadro, donde ahora existe un cesto con tubérculos, había otro dibujo anterior.
Al aplicar a esta obra su método paranoico-crítico, el pintor ampurdanés escribe el ensayo “El mito trágico del Ángelus de Millet”. De esta manera, se añade una nueva visión a las anteriores sobre este cuadro, la mirada de Dalí abre la vía de un nuevo significado. Él ve a un hombre en estado de erección, a una mujer en tensión de mantis religiosa, dispuesta a devorar al macho después de realizar el acto sexual.
Así interpreta el pintor, afectado por su tramontana interior, a los personajes del cuadro. Bien sabe que ésta no era la intención genética de Millet, pero ahora su creador ya no tiene la oportunidad de replicarle. Es la hora de los demonios marinos, esos que surgen del mar durante las tormentas, que se ponen en pie al tocar la orilla de la playa en los días grises de lluvia, mientras el viento impulsa las olas hacia el litoral.
Ya casi tenemos la respuesta a la pregunta inicial. ¿Por qué un ángelus al atardecer? Pues porque ésa no era la composición primigenia. La conveniencia se antepuso a la voluntad del pintor, lo que era una plegaria a la muerte del hijo tuvo que transformarse en una oración de anunciación por exigencias del guión económico. Era necesario encontrar adeptos a la temática y la composición tenía que avenirse a los intereses monetarios. Las propias necesidades materiales del pintor para su supervivencia cambiaron el tema del cuadro en la recta final de su creación, cuando lo enseñó en círculos reducidos.
A pesar de todo el recorrido de esta pintura, los personajes del cuadro me conmueven, pasan del lienzo a mis emociones, atravesando el corto camino que media entre su contemplación y mi propia sensibilidad. Soledad y resignación pacífica. Dolor contenido, vivido como inevitable. Madura humillación, domesticada por años de sometimiento por la fuerza. En un paisaje plano, dos figuras de pie, una mujer y un hombre, se recogen en sí mismos. Les queda el consuelo del mundo mágico que habita dentro de ellos, donde la cultura rural explica las catástrofes más trágicas como algo inevitable, que escapan a nuestro entendimiento. Al atardecer, cuando un mundo sin más luz que la del sol, cansado, se prepara para dejar las tareas diarias y busca refugio, esos dos seres, nuestros hermanos, se sienten desgraciados y sin signos de esperanza. En un mundo que no nos necesita, existir es una insignificancia.
